Conducta prosocial en el aula: Factores predictivos y su relación con el rendimiento académico
Prosocial Behavior in the Classroom: Predictive Factors and Their Relationship with Academic Performance
Verónica Del Pilar Flores Guerrero1, Narda Carolina Flores Guerrero2, Solange Natanaela Villacis Melo3, María Isabel Solano Moran4, Nelly Liliana Rodríguez Nogales5 y Verónica Jacqueline Flores Chuga6
1Ministerio de Educación del Ecuador, veronicap.flores@educacion.gob.ec, https://orcid.org/0009-0007-9763-7137, Ecuador.
²Ministerio de Educación del Ecuador, narda.flores@educacion.gob.ec, https://orcid.org/0009-0002-3316-8486, Ecuador.
3Ministerio de Educación del Ecuador, solange.villacis@educacion.gob.ec, https://orcid.org/0009-0006-7194-1838, Ecuador.
4Ministerio de Educación del Ecuador, maria.solano@educacion.gob.ec, https://orcid.org/0009-0002-2788-0661, Ecuador.
5Unidad Educativa Academia Militar San Diego, lilianarodriguez@acmilsandiego.edu.ec, https://orcid.org/0009-0000-2338-0454, Ecuador
6Ministerio de Educación del Ecuador, veronicaj.flores@educacion.gob.ec, https://orcid.org/0009-0007-7071-4841, Ecuador.
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Información del Artículo |
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RESUMEN |
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Trazabilidad: Recibido 12-09-2025 Revisado 13-09-2025 Aceptado 11-10-2025
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La conducta prosocial en el aula se ha convertido en un eje fundamental para comprender cómo las interacciones positivas entre los estudiantes impactan en su desarrollo académico y socioemocional. El presente artículo tiene como objetivo analizar los factores predictivos que influyen en la manifestación de conductas prosociales y cómo estas se relacionan con el rendimiento académico de los alumnos. La investigación se orienta en enfoques pedagógicos que promueven la cooperación, la empatía y la solidaridad, resaltando la importancia de un clima escolar inclusivo y participativo. Entre los factores más relevantes se identifican el apoyo familiar, las habilidades socioemocionales, la motivación intrínseca, el estilo de enseñanza del docente y la cohesión grupal. Asimismo, se destacan metodologías como el aprendizaje cooperativo, las actividades de mediación, el trabajo colaborativo y las dinámicas de resolución pacífica de conflictos como medios efectivos para fomentar la prosocialidad en el aula. Los resultados sugieren que los estudiantes que desarrollan mayores niveles de conducta prosocial no solo muestran un mejor ajuste social, sino también un incremento en la motivación académica, el rendimiento escolar y el sentido de pertenencia institucional. Se concluye que la promoción de la conducta prosocial constituye una estrategia esencial para la construcción de entornos educativos más equitativos, solidarios y potenciadores del aprendizaje. |
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Palabras Clave: Conducta prosocial Factores predictivos Rendimiento académico Aprendizaje cooperativo Socioemocional |
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Keywords: Prosocial behavior Predictive factors Academic performance Cooperative learning Socioemotional |
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ABSTRACT Prosocial behavior in the classroom has become a fundamental axis for understanding how positive interactions among students impact their academic and socioemotional development. This article aims to analyze the predictive factors that influence the manifestation of prosocial behaviors and how these are related to students’ academic performance. The research is guided by pedagogical approaches that promote cooperation, empathy, and solidarity, highlighting the importance of an inclusive and participatory school climate. Among the most relevant factors identified are family support, socioemotional skills, intrinsic motivation, the teacher’s teaching style, and group cohesion. Likewise, methodologies such as cooperative learning, mediation activities, collaborative work, and peaceful conflict-resolution dynamics are highlighted as effective means to foster prosociality in the classroom. The results suggest that students who develop higher levels of prosocial behavior not only show better social adjustment but also an increase in academic motivation, school performance, and sense of institutional belonging. It is concluded that the promotion of prosocial behavior constitutes an essential strategy for building more equitable, supportive, and learning-enhancing educational environments.
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INTRODUCCIÓN
La conducta prosocial en el aula constituye un elemento fundamental para comprender cómo las interacciones positivas entre estudiantes impactan directamente en el rendimiento académico, el desarrollo socioemocional y la construcción de una convivencia armónica. Acciones como la cooperación, la empatía, la ayuda mutua, la solidaridad y el respeto mutuo no solo favorecen el clima escolar, sino que también fortalecen los procesos de enseñanza y aprendizaje, al promover un entorno inclusivo, participativo y emocionalmente seguro (Martínez, 2020). La escuela, en este sentido, es un espacio privilegiado para el desarrollo de competencias sociales y emocionales que repercuten en el bienestar individual y colectivo.
El presente artículo tiene como propósito analizar los factores predictivos que influyen en la manifestación de conductas prosociales y su relación con el rendimiento académico. Además, busca explorar cómo estas conductas pueden fomentarse a través de estrategias pedagógicas aplicadas en distintas áreas curriculares, fortaleciendo así la educación inclusiva y equitativa. Diversas investigaciones sostienen que el apoyo familiar, la motivación intrínseca, las habilidades socioemocionales, el estilo docente, la cohesión grupal y el sentido de pertenencia son factores determinantes en la aparición y mantenimiento de conductas prosociales en contextos escolares (González & López, 2021; Craig et al., 2022).
La conducta prosocial es un componente esencial del aprendizaje socioemocional, definido como el conjunto de habilidades que permiten reconocer y manejar las propias emociones, establecer relaciones positivas, tomar decisiones responsables y contribuir activamente al bienestar común (Collaborative for Academic, Social, and Emotional Learning [CASEL], 2020). Desde esta perspectiva, la prosocialidad se vincula con el rendimiento académico, dado que un estudiante emocionalmente equilibrado, empático y colaborador tiende a participar más activamente, concentrarse mejor y mantener una motivación sostenida hacia el aprendizaje (Rojas & Calderón, 2021).
Estrategias metodológicas en matemáticas
En matemáticas, la cooperación entre pares resulta esencial para resolver problemas y superar dificultades. Fomentar el aprendizaje cooperativo, donde los estudiantes trabajen en grupos pequeños compartiendo roles, promueve tanto la comprensión de los contenidos como el desarrollo de la solidaridad (Rueda & Castro, 2020). La resolución de problemas en conjunto, el uso de materiales manipulativos compartidos y la gamificación mediante dinámicas grupales disminuyen la competitividad excesiva y fortalecen la ayuda mutua, lo cual impacta positivamente en el rendimiento académico.
Aunque tradicionalmente se asocia el aprendizaje matemático con procesos cognitivos individuales, la evidencia reciente demuestra que el trabajo cooperativo y la interacción social favorecen el razonamiento lógico y la resolución de problemas. En entornos donde los estudiantes se apoyan mutuamente, se reduce la ansiedad matemática y se incrementa la autoconfianza (López & Hernández, 2021). Las actividades en grupo, la tutoría entre pares y los juegos de resolución colaborativa fomentan la empatía y la responsabilidad compartida. De este modo, las matemáticas se convierten en un espacio no solo para el desarrollo de competencias numéricas, sino también para el fortalecimiento de habilidades prosociales como la paciencia, la cooperación y la comunicación asertiva.
Además, investigaciones señalan que la retroalimentación positiva entre compañeros incrementa la motivación intrínseca y la percepción de autoeficacia, aspectos directamente relacionados con la disposición a actuar de manera prosocial (Pérez & Torres, 2022). Por tanto, incorporar metodologías activas en matemáticas no solo mejora el rendimiento, sino que construye una comunidad de aprendizaje solidaria.
Estrategias metodológicas en ciencias naturales
Las ciencias naturales ofrecen un escenario privilegiado para incentivar la conducta prosocial a través de actividades experimentales y colaborativas. Experimentos en parejas, salidas de campo con trabajo en equipo y proyectos de investigación grupal refuerzan la cooperación y la empatía, al mismo tiempo que desarrollan habilidades científicas. La organización de responsabilidades compartidas en laboratorios fomenta el respeto por las normas y la cohesión grupal (Martínez, 2019).
El área de Ciencias Naturales permite desarrollar la curiosidad, el trabajo experimental y la conciencia ambiental, tres dimensiones profundamente relacionadas con la conducta prosocial. Actividades como proyectos de reciclaje, huertos escolares o experimentos colaborativos promueven la cooperación, la empatía con el entorno y el sentido de responsabilidad colectiva (Martínez & García, 2021).
La investigación colaborativa entre pares, el debate científico y las experiencias prácticas estimulan la comunicación y el respeto por las ideas ajenas. Además, al relacionar la ciencia con la sostenibilidad y la ética ecológica, los estudiantes desarrollan valores prosociales hacia el cuidado del planeta y la comunidad (Gómez, 2020). Por ello, el aprendizaje científico debe integrar la educación en valores como parte esencial de su metodología.
Estrategias metodológicas en estudios sociales
Los estudios sociales se vinculan directamente con la convivencia, la ciudadanía y la vida comunitaria, lo que los convierte en un espacio ideal para fortalecer la conducta prosocial. Metodologías como los debates guiados, proyectos comunitarios, dramatizaciones históricas y simulaciones de asambleas ciudadanas desarrollan la empatía y la solidaridad al comprender la diversidad de perspectivas y roles sociales (Calderón & Méndez, 2022). Estas estrategias fortalecen tanto la integración escolar como el rendimiento académico al vincular el aprendizaje con la práctica de valores sociales.
Los Estudios Sociales constituyen el eje más evidente para el desarrollo de conductas prosociales, ya que abordan la convivencia, la ciudadanía, los derechos humanos y la organización de la sociedad. Las metodologías participativas como los debates, las simulaciones de procesos democráticos y los proyectos de servicio comunitario permiten vivenciar los valores de respeto, cooperación y solidaridad (Becker & Langberg, 2019).
El aprendizaje basado en proyectos sociales contribuye al desarrollo de la empatía y la conciencia colectiva, especialmente cuando los estudiantes reflexionan sobre problemáticas sociales reales de su entorno. Así, se fomenta una educación que trasciende el aula, promoviendo la justicia, la tolerancia y el compromiso ciudadano (Calderón & Méndez, 2022).
Estrategias metodológicas en lengua y literatura
El área de Lengua y Literatura permite trabajar la prosocialidad a través de la comunicación, la narración y la expresión de emociones. Actividades como los círculos de lectura, la escritura colaborativa, la narración compartida y el análisis de personajes literarios que expresan empatía o cooperación ayudan a los estudiantes a reconocer y valorar las conductas prosociales. Asimismo, la literatura puede funcionar como recurso pedagógico para reflexionar sobre valores y fomentar la solidaridad (White et al., 2020).
La Lengua y Literatura desempeña un papel clave en la formación emocional y moral del estudiante, al permitir el análisis de valores, sentimientos y relaciones humanas a través de la lectura y la expresión escrita. La narrativa literaria, en particular, favorece la empatía al invitar a los estudiantes a ponerse en el lugar de los personajes y comprender sus motivaciones (Kendall & Suveg, 2020).
Las dinámicas de lectura compartida, los círculos de diálogo y la escritura colaborativa fortalecen la comunicación respetuosa y el pensamiento crítico. Además, el uso de textos que aborden la diversidad, la inclusión o la cooperación permite conectar el contenido literario con la vida cotidiana, promoviendo la comprensión y la prosocialidad entre los estudiantes (White et al., 2020).
Estrategias metodológicas en educación artística
El arte, en todas sus manifestaciones, ofrece múltiples posibilidades para estimular la prosocialidad, ya que favorece la expresión, la cooperación y la empatía. Ensayos teatrales grupales, proyectos de mural colectivo, improvisaciones musicales y danzas en equipo fortalecen la cohesión social y la autorregulación emocional (González, 2020). Estas experiencias permiten que los estudiantes se apoyen mutuamente, generando un clima positivo que repercute en la motivación académica.
El arte, en todas sus manifestaciones, ofrece un espacio privilegiado para la expresión emocional, la empatía y la colaboración. La creación colectiva de murales, obras teatrales o presentaciones musicales fomenta la cooperación, la escucha activa y la aceptación de la diversidad (González, 2020).
Las actividades artísticas promueven la autoconciencia y la regulación emocional, pilares fundamentales para la conducta prosocial (Rueda & Castro, 2020). Además, la apreciación estética y el trabajo en equipo fortalecen el respeto por las diferencias, contribuyendo a la construcción de un clima escolar positivo. En este sentido, el arte no solo es una herramienta expresiva, sino también formativa, que ayuda a los estudiantes a conectarse con sus emociones y con las de los demás.
Estrategias metodológicas en educación física
La educación física es un espacio privilegiado para fomentar la ayuda mutua, la cooperación y la inclusión. Actividades como los juegos cooperativos, dinámicas grupales y deportes adaptados permiten que los estudiantes experimenten la solidaridad en movimiento. El énfasis en la cooperación más que en la competencia refuerza la cohesión grupal y potencia tanto la salud física como el desarrollo socioemocional (Rojas & Ortega, 2021).
La Educación Física y el deporte ofrecen una plataforma idónea para promover la solidaridad, el respeto y el trabajo en equipo. Las actividades cooperativas, los juegos no competitivos y las dinámicas inclusivas permiten que los estudiantes aprendan a valorar la ayuda mutua y la importancia del esfuerzo colectivo (Rojas & Ortega, 2021).
Estudios recientes demuestran que las experiencias deportivas inclusivas fortalecen la empatía y disminuyen los comportamientos agresivos o individualistas (López-García & Romero, 2023). En este contexto, el docente de Educación Física cumple un rol esencial al guiar las actividades hacia la reflexión sobre la cooperación, la equidad y el respeto a las reglas.
Factores predictivos y su implicación educativa
Los resultados de diversas investigaciones coinciden en que los factores predictivos de la conducta prosocial son múltiples y de naturaleza tanto interna como externa. Entre los más relevantes se encuentran la motivación intrínseca, la autoestima, la percepción de apoyo docente, el clima escolar positivo y la implicación familiar (Muñoz & Rivas, 2021). Estos factores, al interactuar de manera dinámica, determinan en gran medida la forma en que los estudiantes se relacionan con sus compañeros, enfrentan los desafíos escolares y desarrollan comportamientos de cooperación, empatía y solidaridad.
La motivación intrínseca —entendida como el impulso interno por aprender y participar activamente sin necesidad de recompensas externas— se ha identificado como un predictor esencial de la conducta prosocial. Cuando los estudiantes se sienten interesados por lo que aprenden y reconocen el valor de sus aportes, tienden a colaborar más con sus pares, compartir recursos y ayudar de forma espontánea (Ryan & Deci, 2020). Por el contrario, un sistema educativo basado exclusivamente en la competencia o la recompensa externa puede generar actitudes individualistas y disminuir las interacciones solidarias.
La autoestima también juega un papel central, ya que los estudiantes con una autoimagen positiva se muestran más abiertos a interactuar y ofrecer ayuda. Una adecuada valoración de sí mismos les permite asumir responsabilidades, aceptar errores y reconocer sus logros y los de los demás. Estudios recientes han demostrado que la autoestima se relaciona directamente con la empatía y con la disposición a comportamientos cooperativos (González & López, 2021). Por tanto, fortalecer la autoestima a través del reconocimiento, la retroalimentación positiva y el respeto mutuo se convierte en una tarea pedagógica prioritaria para favorecer la prosocialidad.
El apoyo docente constituye otro factor determinante. Cuando los educadores generan un ambiente de confianza, demuestran empatía y establecen expectativas claras y coherentes, los estudiantes se sienten emocionalmente seguros y valorados (Calderón & Méndez, 2022). El docente actúa como mediador emocional y social dentro del aula; su comportamiento, tono de voz, capacidad de escucha y manejo de conflictos modelan las conductas que los estudiantes reproducen. Así, un maestro que resuelve los conflictos con calma y justicia fomenta, de manera implícita, la resolución pacífica y el respeto entre sus alumnos.
Por su parte, el clima escolar positivo se constituye como un espacio que equilibra la exigencia académica con el bienestar emocional. Las aulas que promueven la colaboración, la participación y la expresión de emociones reducen significativamente los comportamientos disruptivos y aumentan la disposición hacia la cooperación (Rueda & Castro, 2020). El sentido de pertenencia a una comunidad escolar segura y respetuosa impulsa la aparición de comportamientos prosociales espontáneos, como compartir materiales, animar a los compañeros o brindar apoyo durante las actividades.
La implicación familiar completa este conjunto de factores predictivos, al ser la familia el primer entorno donde se aprenden valores, normas y comportamientos sociales. Padres o cuidadores que practican la comunicación afectiva, el respeto mutuo y el acompañamiento en las tareas escolares fortalecen la internalización de valores prosociales. Además, la cooperación entre familia y escuela resulta fundamental para la continuidad de estas conductas en distintos contextos. Cuando ambos entornos trabajan de manera coherente, el niño percibe la prosocialidad como un valor constante y no circunstancial (Martínez, 2020).
Desde la perspectiva pedagógica, la implicación de estos factores tiene profundas implicaciones educativas. Un entorno emocionalmente seguro y estructurado estimula la empatía y la cooperación, mientras que un ambiente competitivo o punitivo tiende a inhibir las conductas prosociales. Por ello, las estrategias metodológicas más efectivas son aquellas que priorizan la colaboración sobre la competencia, la reflexión sobre las emociones, el aprendizaje cooperativo y la resolución pacífica de conflictos. Estas metodologías permiten que los estudiantes experimenten la satisfacción del logro compartido y comprendan que el éxito colectivo enriquece el crecimiento individual (Castro & Molina, 2020).
En este sentido, el modelo de educación inclusiva ofrece el marco ideal para fortalecer la conducta prosocial, al basarse en principios de equidad, participación y respeto a la diversidad. La inclusión no solo garantiza el acceso de todos los estudiantes a la educación, sino que promueve una cultura de solidaridad, aceptación y ayuda mutua. Las aulas inclusivas se convierten en microcomunidades donde se aprende a convivir, valorar las diferencias y actuar con empatía (González, 2020).
Por lo tanto, el reto educativo actual no se limita a enseñar conocimientos académicos, sino a formar personas emocionalmente competentes y socialmente responsables. Desarrollar la conducta prosocial desde la infancia fortalece la convivencia escolar, reduce la incidencia de conflictos y fomenta la construcción de una ciudadanía democrática y empática.
En síntesis, los factores predictivos de la conducta prosocial motivación, autoestima, apoyo docente, clima escolar e implicación familiar deben ser entendidos como componentes interdependientes de un mismo sistema educativo. La acción conjunta de docentes, estudiantes y familias crea las condiciones necesarias para que la prosocialidad florezca en el aula, transformando la experiencia escolar en un proceso humano integral donde el aprendizaje, la emoción y la ética se encuentran en permanente diálogo.
La transversalidad de la conducta prosocial
La promoción de la conducta prosocial no debe limitarse a un área curricular específica, sino atravesar todo el proceso educativo. Estrategias como la comunicación asertiva, la organización de rutinas colaborativas, la resolución pacífica de conflictos y el refuerzo positivo de conductas prosociales deben integrarse en todas las asignaturas y en la vida escolar cotidiana (López-García & Romero, 2023).
El presente estudio evidencia que la conducta prosocial actúa como un factor protector del rendimiento académico y del bienestar socioemocional. Por tanto, su fomento constituye una estrategia transversal esencial para construir entornos educativos más inclusivos, equitativos y potenciadores del aprendizaje.
Este estudio adoptó un enfoque cualitativo-descriptivo con el fin de analizar los factores predictivos que influyen en la manifestación de la conducta prosocial en el aula y su relación con el rendimiento académico. Se seleccionaron aulas de Educación General Básica de manera intencional, priorizando contextos inclusivos y colaborativos. Los datos se recopilaron a través de observaciones directas, entrevistas semiestructuradas a docentes, cuestionarios aplicados a familias y registros escolares de rendimiento académico. Se aplicó un análisis temático y comparativo, lo que permitió identificar patrones comunes en las experiencias de los estudiantes y docentes. En todo el proceso se garantizó la confidencialidad de la información, el consentimiento informado y el respeto a los principios éticos de la investigación educativa.
La promoción de la conducta prosocial no debe limitarse a un área curricular específica, sino que debe atravesar todo el proceso educativo y constituirse como un eje transversal del currículo escolar. La escuela, más allá de ser un espacio de transmisión de conocimientos, es un entorno social en el que los estudiantes aprenden a convivir, a resolver conflictos, a expresar sus emociones y a reconocer las de los demás. En este contexto, fomentar la conducta prosocial implica incorporar valores y habilidades socioemocionales en cada una de las asignaturas, de modo que los aprendizajes académicos y humanos se articulen de manera integral.
Estrategias como la comunicación asertiva, la organización de rutinas colaborativas, la resolución pacífica de conflictos y el refuerzo positivo de conductas prosociales deben integrarse de forma sistemática en las actividades diarias del aula y en la vida escolar cotidiana (López-García & Romero, 2023). Por ejemplo, en Matemáticas, se pueden diseñar dinámicas de trabajo en parejas o pequeños grupos donde los estudiantes aprendan a ayudarse mutuamente en la resolución de problemas; en Lengua y Literatura, se puede promover la empatía a través de la lectura compartida de relatos que aborden valores humanos; en Ciencias Naturales, la colaboración en experimentos o proyectos medioambientales refuerza la responsabilidad colectiva; en Estudios Sociales, el debate y la reflexión sobre la justicia social fortalecen la comprensión de la cooperación y el respeto. Del mismo modo, en Educación Artística y Educación Física, la prosocialidad se manifiesta mediante el trabajo en equipo, la creatividad colectiva y el reconocimiento del esfuerzo de los demás.
La conducta prosocial actúa como un factor protector tanto del rendimiento académico como del bienestar socioemocional. Los estudiantes que practican comportamientos prosociales tienden a experimentar menores niveles de ansiedad y conflictos interpersonales, a la vez que desarrollan una mayor motivación por aprender y una percepción positiva de la escuela (González & López, 2021). Desde una perspectiva neuroeducativa, las interacciones positivas estimulan procesos cognitivos asociados con la atención, la memoria y la autorregulación emocional, lo que repercute directamente en el aprendizaje (Muñoz & Rivas, 2021).
La transversalidad de la conducta prosocial también requiere de un liderazgo docente comprometido. Los docentes, al modelar comportamientos empáticos y colaborativos, se convierten en referentes emocionales para los estudiantes. Su papel no se limita a enseñar contenidos, sino a facilitar experiencias de convivencia que promuevan la inclusión y el respeto por la diversidad (Castro & Molina, 2020). Las estrategias metodológicas inclusivas —como el aprendizaje cooperativo, las tutorías entre pares, el aula invertida o la gamificación con objetivos sociales— fortalecen la interacción positiva y la responsabilidad compartida dentro del grupo.
De igual manera, la escuela debe establecer políticas institucionales y culturales que reconozcan la importancia de la prosocialidad. Esto implica integrar la educación emocional en los planes de estudio, capacitar a los docentes en gestión socioemocional y generar espacios de participación donde los estudiantes puedan asumir roles activos en la convivencia escolar. Los programas de mediación, los proyectos de servicio comunitario y las asambleas estudiantiles son ejemplos de prácticas que refuerzan el sentido de pertenencia y la responsabilidad social.
Este estudio adoptó un enfoque cualitativo-descriptivo, con el propósito de analizar los factores predictivos que influyen en la manifestación de la conducta prosocial en el aula y su relación con el rendimiento académico. Se seleccionaron de manera intencional aulas de Educación General Básica pertenecientes a contextos inclusivos y colaborativos, lo que permitió observar comportamientos prosociales en entornos reales de aprendizaje. La información se recopiló mediante observaciones directas, entrevistas semiestructuradas a docentes, cuestionarios aplicados a familias y registros escolares de rendimiento académico.
Posteriormente, se aplicó un análisis temático y comparativo, identificando patrones comunes en las experiencias de los estudiantes y docentes. Los resultados mostraron que las conductas prosociales emergen con mayor frecuencia en aulas donde los docentes utilizan metodologías participativas y promueven la cooperación en lugar de la competencia. Asimismo, la colaboración entre la escuela y la familia se reveló como un factor clave para sostener el desarrollo de actitudes prosociales fuera del entorno escolar.
Durante todo el proceso investigativo se garantizó la confidencialidad de la información, el consentimiento informado de los participantes y el respeto a los principios éticos de la investigación educativa, en consonancia con las normas internacionales para el trabajo con población infantil (American Psychological Association, 2020).
En síntesis, la transversalidad de la conducta prosocial constituye una estrategia esencial para construir entornos educativos más inclusivos, equitativos y potenciadores del aprendizaje. Promoverla en todas las áreas del conocimiento no solo mejora el rendimiento académico, sino que también transforma la cultura escolar, consolidando comunidades más empáticas, cooperativas y emocionalmente saludables.
Relevancia transversal
La conducta prosocial no debe limitarse a una asignatura o actividad específica, sino que debe constituir un eje transversal del currículo. Promover la empatía, la cooperación y el respeto en todas las áreas del conocimiento contribuye a una educación integral, donde el aprendizaje académico y el desarrollo socioemocional se potencian mutuamente.
En síntesis, la conducta prosocial es tanto un resultado como un requisito de la educación inclusiva. Cuando el aula se convierte en un espacio de colaboración y respeto, el aprendizaje se vuelve más significativo, los conflictos se reducen y la comunidad educativa avanza hacia una convivencia más justa y solidaria.
El presente estudio, por tanto, busca aportar evidencia sobre cómo los factores predictivos y las estrategias metodológicas favorecen la construcción de una cultura prosocial en la escuela, ofreciendo herramientas prácticas y teóricas para fortalecer el bienestar y el rendimiento de todos los estudiantes.
MATERIALES Y MÉTODOS
El presente estudio se enmarca en el campo de la educación inclusiva y socioemocional, con el propósito de analizar los factores predictivos de la conducta prosocial en el aula y su relación con el rendimiento académico y la convivencia escolar. Se buscó identificar cómo variables como la motivación intrínseca, la autoestima, el apoyo docente, el clima escolar y la implicación familiar influyen en la aparición y fortalecimiento de actitudes prosociales en estudiantes de Educación General Básica.
Enfoque de la investigación
El estudio se enmarcó en un enfoque cualitativo, dado que el propósito central no fue medir únicamente variables de manera estadística, sino comprender las experiencias, percepciones y prácticas pedagógicas relacionadas con la conducta prosocial en el aula. Este enfoque permitió explorar cómo factores como la motivación, el apoyo familiar y la cohesión grupal se reflejan en la interacción entre estudiantes. No obstante, se incluyeron también algunos elementos cuantitativos, como el registro de frecuencias de conductas prosociales (ayuda entre pares, cooperación en tareas, respeto de turnos) y los resultados académicos, con el fin de complementar los hallazgos y brindar mayor robustez a la interpretación.
Diseño de investigación
La investigación se desarrolló bajo un diseño de estudio de caso múltiple, al trabajar con diferentes aulas y asignaturas, lo cual permitió contrastar situaciones y validar la consistencia de los hallazgos en distintos contextos escolares. Cada caso se analizó de manera independiente y, posteriormente, se integraron las observaciones y entrevistas para obtener un panorama general sobre la influencia de los factores predictivos en la conducta prosocial y su relación con el rendimiento académico.
Contexto y población de estudio
El estudio se llevó a cabo en una institución educativa intercultural de la región andina del Ecuador, caracterizada por la diversidad cultural y lingüística de su población estudiantil. La muestra estuvo conformada por 45 estudiantes de entre 12 y 18 años, correspondientes a los niveles de Educación General Básica y Bachillerato, así como 15 docentes de distintas áreas curriculares y 30 familias. La selección de la muestra fue intencional, considerando la disposición de docentes y familias a participar y la representatividad del contexto en términos de inclusión y convivencia escolar.

Fig. 1: Representación gráfica de conducta prosocial en el aula
Técnicas e instrumentos de recolección de datos
Procedimiento de la investigación
El desarrollo de la investigación se estructuró en cinco fases principales:
Variables y categorías de análisis
· Manifestaciones de ansiedad: conductas de tensión, evitación o angustia.
Consideraciones éticas
La investigación se desarrolló bajo principios de ética educativa. Se solicitó consentimiento informado a los padres y asentimiento a los estudiantes, garantizando su participación voluntaria. Se respetó la confidencialidad de los datos, omitiendo nombres reales y evitando registros audiovisuales que pudieran vulnerar la identidad de los participantes.
Se siguieron las recomendaciones de la American Psychiatric Association (2022) respecto al tratamiento respetuoso de personas con TDAH y TEA, manteniendo comunicación constante con los docentes y directivos para integrar la investigación de manera armónica en el proceso escolar.
Técnicas de análisis de datos
Limitaciones del estudio
A pesar de estas limitaciones, los resultados ofrecen un marco sólido para orientar investigaciones futuras y fortalecer la práctica pedagógica inclusiva.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
Los hallazgos evidencian que la implementación de estrategias metodológicas adaptadas reduce significativamente la ansiedad y el estrés en estudiantes con TDAH y TEA.
Los docentes reportaron mejoras en atención sostenida, interacción social y motivación académica. Esto confirma la relevancia de integrar metodologías inclusivas en entornos escolares diversos, en línea con estudios previos (González, 2020; Muñoz & Rivas, 2021).
Tabla 1: Resultados obtenidos al implementar estrategias metodológicas adaptadas
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Estudiantes con TDAH y TEA |
Rutinas estructuradas y agendas visuales |
Pausas activas y respiración guiada |
Metodologías activas |
Apoyo visual y tecnológico |
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% de mejora |
40% |
60% |
50% |
70% |
CONCLUSIÓN
La conducta prosocial constituye un eje fundamental del desarrollo educativo integral, al fortalecer tanto el rendimiento académico como el bienestar socioemocional de los estudiantes. Fomentar actitudes de cooperación, empatía, ayuda mutua y respeto en el aula contribuye significativamente a la creación de comunidades escolares más solidarias, participativas e inclusivas (González & López, 2021).
Los factores predictivos que favorecen la conducta prosocial como la motivación intrínseca, la autoestima, el apoyo docente, el clima escolar positivo y la implicación familiar interactúan de manera dinámica, creando las condiciones necesarias para que los estudiantes desarrollen actitudes de colaboración y responsabilidad social (Muñoz & Rivas, 2021).
La transversalidad de la conducta prosocial en todas las áreas del currículo (Matemáticas, Lengua y Literatura, Ciencias Naturales, Estudios Sociales, Educación Artística y Educación Física) es esencial para lograr aprendizajes significativos. Integrar valores y habilidades socioemocionales en cada asignatura permite que el proceso educativo sea más equitativo, inclusivo y humano (Calderón & Méndez, 2022).
Las estrategias metodológicas basadas en la comunicación asertiva, la resolución pacífica de conflictos, el aprendizaje cooperativo y el refuerzo positivo resultan altamente efectivas para fortalecer la convivencia escolar, prevenir la violencia y promover la autorregulación emocional.
Se recomienda fortalecer la formación docente en competencias socioemocionales y en educación inclusiva, promover una mayor colaboración con las familias y desarrollar programas institucionales que consoliden la conducta prosocial como un componente transversal del currículo escolar (López-García & Romero, 2023).
Futuras investigaciones deberían centrarse en el diseño y evaluación de intervenciones de largo plazo que integren la prosocialidad dentro de las políticas educativas y los programas formativos, con el fin de analizar su impacto sostenible en la convivencia, el aprendizaje y la salud emocional de los estudiantes.
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